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El fallo que más asusta

El caso típico es este: vas por la ciudad, paras en un semáforo o sales de una rotonda y el motor se apaga. Intentas arrancar y no hay manera. Esperas diez minutos y arranca como si nada. Es una de las averías que más intranquilizan porque no avisa y desaparece justo cuando llegas al taller.

El calor tiene mucho que ver

Los sensores de cigüeñal suelen ser inductivos o de efecto Hall y van cerca del volante motor o de la polea, en una zona que se calienta mucho. Cuando el bobinado o la electrónica interna empiezan a fallar, lo hacen primero en caliente: el componente se dilata, la señal se corta y, al enfriarse, vuelve. En Valencia, con muchos meses de calor y circulación lenta en hora punta, este patrón se repite. Si tu coche solo se para tras un rato de uso en verano, es una pista clara.

Comprobar el cable es obligatorio

Hemos visto sensores cambiados dos veces sin que el coche mejorara porque la culpa era de un mazo de cables rozado contra el bloque o de un conector con verdín. Antes de montar nada:

  1. Revisamos el conector y sus terminales.
  2. Movemos el cableado con el motor en marcha para ver si la señal se corta.
  3. Comprobamos que el entrehierro, la distancia entre sensor y rueda dentada, sea el correcto.

Solo cuando esas tres cosas están bien, el sensor es el culpable. Tras el cambio, hacemos la prueba completa con el motor caliente y, si el fabricante lo pide, el aprendizaje de la rueda fónica con la máquina de diagnosis.